25.11.13


      Como un largo rosario de santón podría ir encadenando sin parar adjetivos: grandes, fuertes, ágiles, diestras, precisas, sensibles, expertas, tiernas, generosas, acogedoras, a veces de artesano, a veces de poeta.

  ¿He dicho grandes? grandes, enormes, inmensas -más allá de su tamaño físico- pero... es inútil, son del todo inútiles las palabras, no existen; tendría que inventar, tendría que crear otra manera ... ¡Qué sé yo!
  
  
  
     Porque ... ¿Cómo voy a plasmar con palabras... cómo lograría hacer llegar... en qué forma podría trasmitir... lo que siente mi mente, mi alma, mi corazón? Si yo misma no sé ni cómo, ni por qué, ni establecer, ni definir, ni encontrar explicación alguna al profundo sentimiento de amor, admiración, seguridad, refugio y abandono en ellas que han hecho vibrar siempre y desde siempre en mí las grandes, grandes, grandes, inmensas, protectoras, amorosas, dulces, acariciadoras, cálidas manos de mi padre. 


LAS MANOS DE MI PADRE


 

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